Es un texto expositivo - argumentativo
que implica, en primer lugar, haber comprendido muy bien el producto
cultural (obra literaria, cuento, película, pintura, ensayo, etc.) reseñado
como para poder resumir lo esencial de su contenido, pero además, es necesario
que quien realiza la reseña (el escritor) esté en condiciones de emitir
opiniones y juicios de valor fundamentados acerca del texto leído. En la
reseña crítica se hace un recuento del contenido de una obra, de sus ideas
esenciales y aspectos interesantes, al tiempo que se hace una valoración
crítica del mismo. El autor de la reseña debe aclarar que la valoración de la
obra corresponde a su posición, dejando al lector en libertad de que se
forme su propia opinión. Cumplidas las dos condiciones anteriores, se
requiere poner en funcionamiento todos los conocimientos que tenemos en el
campo de planeación, textualización y revisión de textos, para poner por
escrito nuestras ideas de acuerdo con la estructura de este género. Las
reseñas son muy importantes porque, a través de ellas, no sólo nos enteramos
del tema de una obra sino de la forma como ésta es recibida por la crítica. Es
de vital importancia la revisión del texto en función de garantizar y
facilitar su seguimiento y comprensión por parte del lector.
La estructura, en general, de una reseña crítica
consta de las siguientes partes:
1. Título
2. Presentación del producto cultural (en este
aparte se consignan los datos bibliográficos que encabezan el texto: nombre y
apellido del autor, título de la obra, la ciudad donde se editó, nombre de la
editorial, fecha de edición y número de páginas).
3. Resumen expositivo del texto reseñado (aquí
se presentan, en forma selectiva y condensada, los contenidos fundamentales del
producto cultural).
3. Comentario crítico - argumentado del
producto cultural.
4. Conclusiones.
Adaptación textos de Mabel Giammatteo y
Maribel Pumarejo. Depto. Gramática. USA
Ejemplo de reseña crítica:
Ejemplo de reseña crítica:
Un libro mal construido
Sociedad colombiana de
Arquitectos. (1998). XVI Bienal
colombiana de arquitectura. Bogotá: Villegas Editores, 247 págs.
A lo largo de los años la Bienal se ha convertido
en el instrumento más adecuado para tomarle el pulso a la arquitectura
colombiana. Son muchos los profesionales que trabajan seriamente para
presentarse a esta convocatoria. De esta manera ser seleccionado o, mejor,
obtener algún reconocimiento en sus distintas categorías, constituye un motivo
de orgullo y de merecida consagración.
Los volúmenes de la Bienal, en su formato mayor,
forman parte de muchas bibliotecas y constituyen motivo de consulta por su
valiosa información contenida, ya que es el "órgano oficial" con el
que cuenta el gremio arquitectónico colombiano para cimentar su memoria. Pero en el presente caso, en la XVI Bienal, las cosas parecen haber cambiado
sustancialmente, pues salta a la vista que apenas cumple con sus generosas
características que le habían dado su propia identidad, como son la información
completa, el sano equilibrio entre texto, fotografía y planos, y la inclusión
de un amplio número de seleccionados.
La impresión, diagramación y bella factura, que son
el denominador común de los libros de Villegas Editores, no pueden ocultar el
gran vacío que se asoma entre sus páginas. Al contrario, lo agranda. Si bien es
cierto que los textos de Silvia Arango son, como es su costumbre, claros,
concisos e ilustrativos su propio contenido -es decir, el trabajo de los
arquitectos, tanto fotográfico como planimétrico-, está desvirtuado.
Ha coincidido la opinión de muchos arquitectos,
incluidos o no en este volumen -y la aclaración es importante- y de muchos
otros no arquitectos, en señalar que el presente volumen es a todas luces
insuficiente e incompleto, donde prima más el criterio estético -léase las
grandes fotos, la diagramación soberbia, la calidad editorial- que el trabajo
profesional. Pareciera que este libro fuera dirigido no a los arquitectos ni a
los estudiantes de arquitectura, sino a personas que les bastara una visión
rápida y superficial sobre el quehacer arquitectónico colombiano para saberlo
todo al respecto, lo que traiciona el espíritu de la Bienal, ya que ésta
siempre ha sido rigurosa, profunda, objetiva y plural.
En muchos casos, la información planimétrica que
acompañan los proyectos es insuficiente, lo que en un libro como este -léase el
libro de la BIENAL, con mayúsculas- es un desacierto monumental. Quienes a lo
largo de los años conocen y coleccionan estos "testimonios" saben de
sobra que los planos están completos, todas las plantas y los alzados cumplen
con la función principal de ver el "trabajo invisible", como dijera
Paul Valéry. La labor del arquitecto es el oficio de hacer habitable el
espacio. Por lo tanto, en la medida en que tengamos más datos sobre problemas
estructurales, sobre su función, sobre las características del terreno, sobre
las áreas destinadas a tal o cual actividad, podremos juzgar en propiedad un
trabajo arquitectónico. Lamentablemente, este placer y esta necesidad, están
abolidos en esta publicación. Baste poner el ejemplo de un edificio tan valioso
e interesante como es Quebrada la Vieja de Konrad Brunner, pues por carecer de
los planos adecuados no se puede entender cómo solucionó problemas de pendiente
así como varias plantas de su espléndida edificación.
Por otra parte, los arquitectos seleccionados
tuvieron que pasar por el costoso calvario de contratar un fotógrafo para este
libro, o de aceptar el fotógrafo de la editorial, con el consecuente incremento
de precio. Esto no pasaría de ser una simple anécdota, si no fuera porque en
algunos casos los honorarios recibidos por las obras fueron inferiores a la
suma que había que poner para participar en esta publicación, lo que no deja de
ser una situación paradójica, que merece más atención para el futuro. Otro de
los fallos de este libro consiste en que en la categoría de Restauración se ha
suprimido de un plumazo el "antes", algo absolutamente indispensable
para juzgar el mérito del arquitecto.
Ha llegado el momento de poner las cosas claras. Es
una verdad irrefutable que los libros de Villegas cumplen una función de
divulgación del arte, de los artistas y artesanos de Colombia realmente
admirable y que sus aciertos son justamente merecidos. Pero de ahí a que el
lenguaje del arquitecto tenga que desvirtuarse por criterios comerciales no
parece lo más conveniente, ni para la arquitectura, ni para los arquitectos
seleccionados, ni para la Bienal, ni para la propia editorial.
Remontémonos por un momento a Casa moderna,
del mismo sello editorial. En éste no hay un solo plano, un solo dibujo, un
solo boceto, por no entrar en otros aspectos. Puede esgrimirse en su defensa
que ese volumen va dirigido a un público que desea "ver",
"deleitarse", "tener un panorama" sin mayores
complicaciones, de la arquitectura colombiana. Pero en el presente caso las cosas son bien distintas. Primero, porque es la
Bienal de Arquitectura Colombiana, el mayor evento de este tipo con que cuenta el
país. Segundo, porque está avalado por nada más ni nada menos que la Sociedad
Colombiana de Arquitectos, según consta en el copyright. Y tercero, y no
por eso menos importante, porque es un libro imprescindible de consulta entre
los consagrados como los aspirantes a serlo como los estudiantes de
arquitectura o como por los que no son ni lo uno ni lo otro ni lo otro. Por lo tanto, para hablar en términos de mercadeo, el "público
objetivo" es totalmente diferente.
Quisiéramos ver la cara de un estudiante de
arquitectura de sexto semestre al intentar comprender un edificio, léase el
majestuoso e imponente de Daniel Bermúdez, al cual le han suprimido muchos
planos, como por ejemplo los de la circulación. Por lo menos quedará
horrorizado. Es tan grave esto como si a Cien años de soledad el editor
le hubiera cortado el final porque el libro estaba quedando muy largo.
Quisiéramos ver la cara de asombro de un profesor de arquitectura de Canadá o
Austria o España, al comprobar que la calidad gráfica del libro no se compadece
con la insuficiencia de la información, vital en este tipo de publicaciones. Y
finalmente, para no alargar la lista de la Historia Universal de la Infamia,
quisiéramos ver la mueca de desaprobación de los propios arquitectos incluidos
al comprobar que su obra no está lo suficientemente clarificada.
En un país como el nuestro, donde la tradición y
calidad arquitectónica cuentan con un reconocimiento internacional, flaco favor
hace este libro en aras de apuntalar su seriedad.
¿Valdrá la pena satisfacer los gustos de una clientela medianamente interesada sacrificando los principios básicos de la Bienal? La respuesta está implícita en los renglones anteriores.
¿Valdrá la pena satisfacer los gustos de una clientela medianamente interesada sacrificando los principios básicos de la Bienal? La respuesta está implícita en los renglones anteriores.
Ramón Cote Baraibar
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